el cuadro que soñé estaba pintado de colores de otoño al anochecer.
el mar grisáceo, la arena desaparecida, el sol con un hilo de luz; la luna escondida detrás de una roca espumosa, espiaba al caballo blanco.
quien lo cabalgaba conocía la importancia del movimiento. sabía que cuando se monta un caballo sin riendas hay que permanecer desnudo.
mantener el equilibrio con los brazos en cruz, es menos difícil si la mitad del cuerpo se ignora para sentirlo mejor.
se puede recorrer un largo camino galopando, sin salirse ni un segundo del cuadro.
el caballo blanco se para en el momento en que se abraza el cuello del animal, estirándose tanto que casi se puede llegar a su boca. su corazón está en su cuello largo y fuerte.
una vez quietos cabalgante y cabalgado, puedes sentir sus latidos.
y así, la luna cae y la arena regresa.